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jueves, 2 de septiembre de 2010

EL ROCE DE TU CUERPO. POR CARLOS VALADEZ.

   

La mano creaba olas en el cuerpo desnudo que recorría lentamente. Parecía sólo rosarlo, pero al pasar sobre la piel la grababa con un leve rosa, haciéndolo de su propiedad. La piel respondía, los vellos eran girasoles,  todo el terreno en que descansaban estaba recién mojado, húmedo; esa mano era su sol, la cual, sin la menor compasión aplastaba todo a su paso.


Su boca jadeaba, los labios se contraían para después abrirse dejando ver su contenido. Una lengua excitada ahogándose en saliva, queriendo experimentar placer, buscando su contraparte, la cual llegó minutos después para dominarla, para bailar juntos un excitante baile, no era necesario sudar, estaban completamente mojados, el líquido  los hacía uno.


No terminaba la pelea cuando Gabriel apagó la pantalla. No podía seguir viendo esas imágenes que le provocaban un dolor tan grande, una opresión en el pecho, mezcla de excitación y tristeza. Una enorme lágrima hizo erupción por su ojo derecho e inmediatamente su traje la hizo evaporar. Eso le hizo hervir la sangre, él quería sentir esa gota escurrirse por su mejilla, que llegara a sus labios y sentir el sabor salado que había leído tendría que tener. Odiaba estar prisionero dentro de ese maldito uniforme que ya no le permitía ser humano, ni a él ni a todos los demás.


Desde pequeño se había sentido claustrofóbico dentro del traje –es algo normal,  le había dicho el Doctor a su madre, el cuerpo rechaza algo que no es natural, pero después de un tiempo se acostumbra, agréguele cada noche dos gotas de este medicamento en la ranura de alimentación, eso lo calmara-. Pero nunca fue así, Gabriel nunca sintió alivio, lo manifestó, pero su cerebro sabía que no era así.


A los 15 años fue cuando Gabriel vio su primera película antigua: “Vértigo”. Cuando  por primera vez  los protagonistas se besaban  sintió que el corazón se le iba a salir del cuerpo, ¿Cómo actualmente el hombre no podía experimentar eso? Esa unión, ese ser uno. Soñó durante varios meses que quien besaba a Kim Novak era él, ella fue su primer amor. Las películas antiguas se volvieron su obsesión, tantas imágenes lo volvían loco: una sensual Sofia Loren al sol, Marlon Brando como una fiera llena de lujuria, Anita Ekberg mojándose en la fuente de Trevi, Kim Basinger al desnudo embarrada de comida, o ver a Brad Pitt recibir una tremenda golpiza eran placeres que para Gabriel no tenían comparación.


El mundo  era frío, el traje que todos debían de portar no sólo los protegía del sol sino que aislaba los corazones, los disecaba, volviéndolos a todos unos eternos hombres de hojalata sin la menor intención de pedirle al mago de Oz el oírlos latir. Esos corazones estaban mudos, sabías que estaba ahí pero nunca lo podías escuchar, quien te hablaba era omnipresente traje, el cual te enseñaba  lo que necesitaras, te conectaba con el mundo moderno, donde podías obtener todo, menos una caricia, un abrazo caluroso, un beso que te calara el alma. ¡Qué dichosos habían sido los humanos de esas décadas pasadas! Ahora todos sus descendientes pagaban por sus pecados, por su estupidez.  El sol era ahora el verdugo de toda la humanidad.


Gabriel se sentía diferente a los demás, por lo mismo se especializó en historia y comportamiento humano, le obsesionaba  saber cómo eran las sociedades a principios del siglo 21, cómo había evolucionado el hombre desde el siglo 20. Le hubiera gustado ser profesor en esas épocas en las cuales los alumnos apilados en salones de clases bombardeaban a sus profesores con dudas, ahora todo era tan mecánico que en realidad el verdadero profesor estaba integrado en la prisión que el tanto odiaba.


A pesar de la animadversión él también había sabido sacarle provecho a esta tecnología, y de la manera más impersonal por medio de un anuncio había conocido a Ana, primero intercambiaron en incontables ocasiones pensamientos, llegaron a conocerse tanto que incluso creyó no era necesario hacerlo en persona, pero eso lo asusto, se estaba volviendo uno más de los borregos robotizados que tanto odiaba, así que tuvieron su primera cita, pero no una holográfica sino una en la que en realidad estuvieran frente a frente.


La experiencia para Ana fue única y diferente, no sólo encontró detrás del espejo protector del traje de Gabriel a otro ser humano físicamente atractivo, sino que pudo sentir una pasión genuina en cada  palabra que él pronunciaba, algo que sólo había encontrado en esos clásicos de la literatura que en algún momento había tenido que guardar en la memoria. Sintió algo muy diferente a todo lo antes experimentado,  ganas de estar con él para toda la vida, la seguridad de que él era la persona con la que habría de mezclar sus genes sin necesidad de hacerlo por medio de un test computarizado, ella podía tomar una decisión que sabía ahora para nadie resultaba interesante  tomar.


Gabriel y Ana crearon un mundo diferente a como las pocas parejas actuales vivían sus vidas. El único impedimento para ser completamente felices era la eterna ansia de Gabriel de quererla tocar, recorrerla con su lengua, sentirla, olerla. Ana lo amaba tanto que se sentía impotente pero muy dentro de ella sabía que ella deseaba lo mismo.


El día de su décimo aniversario juntos Gabriel y Ana se miraron cómplices. Sabiéndose plenos, amados, decidieron celebrar esa hermosa década que había valido lo que ni una vida entera podría significar para los demás. 


Minutos después caos, ruido descomunal, alarmas de luces. No pasaron más de cinco minutos cuando una docena de máquinas y algunos hombres irrumpieron en su hogar. Sus trajes habían dado la llamada, los portadores necesitaban ayuda. Los trajes fueron encontrados vacios. Gabriel y Ana por fin se habían fundido, se habían convertido en un solo ser que yacía inerte en un costado de la habitación. La pantalla holográfica mostraba un mensaje que a manera de nota póstuma brillaba iluminando la habitación semi oscura: TODO VALIÓ LA PENA POR TAN SÓLO SENTIR UN MINUTO EL ROCE DE TU CUERPO.

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